EL APOCALIPSIS DE LO COTIDIANO: CUANDO BUKOWSKI DEJÓ DE SER CÍNICO PARA VOLVERSE PROFETA

Las efemérides marcan que un 9 de marzo de 1993 fallecía un tal Charles Bukowski que no era un sociólogo, era un borracho con una lucidez violenta. Cuando escupió que «la civilización es una causa perdida; la política, una absurda mentira; el trabajo, un chiste cruel», muchos lo leyeron como el berrinche de un misántropo. Hoy, ese diagnóstico no es literatura: es la autopsia de nuestra realidad. Lo que en su tiempo parecía una exageración marginal, hoy es el guion de un mundo que ha decidido canjear su humanidad por algoritmos y dividendos.
La «civilización» se supone que es el triunfo del diálogo sobre el garrote. Sin embargo, la situación bélica mundial actual demuestra que solo hemos perfeccionado el garrote. Estamos atrapados en una coreografía de destrucción donde la vida humana es el daño colateral de egos geopolíticos.
Ya no nos civilizamos; nos administramos en medio del caos. La empatía ha sido reemplazada por el espectáculo de la guerra en tiempo real, consumido entre notificaciones de redes sociales. Si en el apogeo de miles de años de historia es ver ciudades desintegrarse por televisión mientras discutimos el precio del petróleo, Bukowski tenía razón: perdimos la causa.
La política ha dejado de ser la herramienta para gestionar lo común y se ha convertido en un teatro de sombras alimentado por la corrupción sistémica. Ya no hay proyectos de país, solo estrategias de marketing para ocultar el saqueo.
Mientras el hombre de a pie, lucha por llegar a fin de mes, las élites políticas operan en una estratosfera de privilegios, vendiendo promesas que caducan en el momento en que se cierra la urna.
La tecnología, que debería habernos liberado, se usa como amenaza. «Pórtate bien o te reemplazo por un código».
Millones de personas operan fuera de cualquier red de seguridad, en una informalidad que es, en esencia, un nuevo tipo de servidumbre.
Hemos olvidado que el ser humano es un ser social. En la hoja de cálculo de las grandes corporaciones, no somos padres, hijos o soñadores; somos un costo operativo que debe reducirse para maximizar el margen de beneficio.
Quizás Bukowski no era un visionario, sino simplemente alguien que no tenía el filtro de la esperanza ciega. Lo que él veía en los callejones de Los Ángeles es hoy la norma global.
Estamos ante una crisis de propósito. Si la política miente, la civilización colapsa y el trabajo nos esclaviza, ¿qué queda? Queda recuperar la esencia del hombre como fin y no como medio. Mientras sigamos aceptando ser variables de ajuste en la búsqueda de un poder que no nos pertenece, seguiremos confirmando, día tras día, que el viejo «Hank» tenía toda la maldita razón.

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